06 DE JULIO DE 2015 | Hace 627 dias

Opinión | La generación estrellada

Brasil padeció con Zico, Sócrates, Falcao, Cerezo y Junior la frustración de una generación brillante que no conquistó nada. Argentina transita por ese mismo escenario con Messi, Agüero, Higuaín, Di María y Mascherano. La simetría no explica algo en particular. Pero deja varias señales por el camino, atrapadas por el desconcierto

Por Eduardo Verona

   “A geraçao fuzilada” (La generación fusilada). Así, en tono destemplado y apocalíptico, planteaba un amplio sector de la prensa brasileña su enorme fastidio y disgusto con una cofradía de jugadores brillantes (Zico, Sócrates, Falcao, Toninho Cerezo y Junior) que en los finales de los 70  y en la primera mitad de los 80 no pudieron regalarle a la selección ningún título que perdure en la memoria.

   Esa estupenda generación de cracks tuvo que despedirse de los mundiales de Argentina 78, España 82 y México 86 sin conquistar ninguna Copa que revalidara el potencial colectivo e individual que se le reconocía al scracht.
 
   Fue, prácticamente, después de caer frente a Italia por 3-2 en el estadio Sarriá de Barcelona, con 3 goles de Paolo Rossi, que Brasil quedó eliminado en España 82 y la prensa brasileña construyó un mensaje durísimo contra Zico, Sócrates, Falcao y compañía.
 
   De manera directa y sin sutilezas los acusaban de formar parte de la generación, post Pelé, que había fracasado y defraudado al pueblo brasileño. Telé Santana, entrenador de Brasil en España 82 y México 86, no quedó indemne de las críticas furiosas, pero el núcleo más duro de los cuestionamientos estuvieron dirigidos a esa clase privilegiada de jugadores notables.
 
   A poco más de 7 meses de haber finalizado el Mundial de España, más precisamente el 23 de enero de 1983, ese extraordinario lateral izquierdo apodado Junior, todavía era vilipendiado en Brasil por haber habilitado a Paolo Rossi en el tercer gol de Italia a la salida de un córner ejecutado desde la derecha por el zurdo Bruno Conti, clasificado como el ala tornante de la selección azurra que pocos días después saldría campeón del mundo dirigido por el técnico Enzo Bearzot.  
 
   Junior, por aquellos años en el Flamengo, después de un 2-0 ante el Santos en el Maracaná, tuvo que explicarle al aire a un movilero en los vestuarios porque razón en esa jugada no salió disparado hacia adelante para dejar en posición adelantada al goleador italiano. Junior, con una toalla cubriendo su cuerpo, la cabeza mirando el piso y sentado en un banco, explicó abatido esa circunstancia como si hubiera ocurrido hacia unos minutos. El lastre de la eliminación del scracht todavía no se había disipado. 
 
   El relato de aquella anécdota de la que fuimos testigos, pretende describir el nivel de intolerancia y rechazo que se había apoderado del ambiente del fútbol brasileño a partir de la caída de aquel equipazo que parecía predestinado a ganar la Copa del Mundo por las calidades que ofrecían.
 
   Es cierto, no hay situaciones idénticas ni experiencias iguales. Pero hay una generación de jugadores argentinos que integran la Selección desde hace ya varios años (Lionel Messi, por ejemplo, desde el 17 de agosto de 2005 cuando fue expulsado ante Hungría) que tienen puntos de contacto con lo que padecieron aquellas estrellas del fútbol brasileño.
 
   Javier Mascherano (31 años) quizás encarna el punto más alto de la frustración que envuelve a muchos de sus compañeros de Selección, entre los que están Martín Demichelis, Pablo Zabaleta, Sergio Agüero, Carlos Tevez, Gonzalo Higuaín y Angel Di María, como protagonistas centrales de historias que no terminaron bien.
 
   Porque la obligación de ganar un título está naturalizada por la prensa, los jugadores y el entrenador. De hecho, en los últimos días de diciembre de 2014, el hoy vapuleado y acrítico Gerardo Martino, declaró a la agencia EFE: “Este grupo de jugadores no puede terminar un ciclo sin un título. Esta generación tiene que ganar algo porque tiene los futbolistas para hacerlo”.
 
   Esas palabras de Martino que imponían la agenda de conquistar lo que  se venía negando, las volcó sobre la mesa en varias oportunidades. Porque la necesidad de la Selección admitía que era imprescindible en la etapa, post Maradona, saldar viejas deudas.
 
   Persiguieron los fantasmas a Brasil durante casi dos décadas y media hasta volver a ganar un Mundial. El tri fue en México 70 con Pelé en las alturas. El siguiente fue en Estados Unidos 94, con la dupla Romario-Bebeto. Argentina, más allá de las 2 Copas América que obtuvo en el 91 en Chile y en el 93 en Ecuador, ya entregó a la jaula de los leones a dos generaciones enteras: a la actual que representa el atribulado Messi y a la anterior de Javier Zanetti, Roberto Ayala, Juan Pablo Sorín, Walter Samuel, Roberto Sensini, Matías Almeyda, Juan Sebastián Verón, Ariel Ortega, Hernán Crespo, Claudio López y Juan Román Riquelme, entre otros.
 
   El peso innegable que adquirieron las mayores o menores claudicaciones del pasado tienen su correlato en el presente. Si afecta o no cada uno lo sabrá. Si perturba o no es una cuestión que solo pueden develar los que juegan y los que conducen. Desde afuera, todo indica que la Selección en las instancias definitorias parece capturada por las inseguridades y las dudas, siempre perturbadoras en el fútbol de ayer y de hoy.
 
   Seguramente por eso, Mascherano, minutos después de la caída en Chile, afirmó desde el desconcierto: “Es una tortura. Un karma. No le encuentro explicación y quizás soy yo”.
 
   Lo que planteó sin explicitarlo el volante argentino es que el problema, a veces, trasciende al fútbol. Son los caminos desconocidos para superar las adversidades. Los caminos que la Selección no encuentra. Messi es un caso testigo. Juega como nadie. Y en la última mesa examinadora, defrauda como nadie.

   Es la generación que no termina la obra. Como la que sufrió Brasil con aquella banda de Zico y sus compañeros. Que tenían todo. Y se quedaron con las manos vacías. Igual que Argentina.