04 DE JULIO DE 2015 | Hace 690 dias

Opinión | Selección: el duelo interminable

Era banca Argentina. En los papeles. En los libros no escritos. En los comentarios informales. Pero en la cancha, nada de todo se vio. La Selección de Gerardo Martino expresó durante los tediosos 120 minutos ante Chile un funcionamiento y un relieve individual que, en general, fue muy discreto. Messi volvió a dejar en la final de la Copa América una imagen totalmente desangelada y nada compatible con la chapa de mejor jugador del mundo.

Por Eduardo Verona

Tenía que ganar Chile. Porque nunca había ganado esa Copa que Argentina obtuvo en 14 oportunidades. Porque era local. Porque lo empujaba todo su pueblo. Porque lo sentía como una gran necesidad para reposicionarse en el plano internacional. Y ser lo que siempre soñó ser: en el escenario del fútbol, un grande del continente.  
 
Precisamente sobre este punto, en la tarde del viernes 30 de agosto de 1996, en el hotel El Prado de Barranquilla, donde concentraba la selección chilena para enfrentarse con Colombia por las eliminatorias para Francia 98, ese estupendo delantero y goleador que fue Iván Zamorano, nos comentó al borde de una pileta con una sinceridad no frecuente: “Ustedes los argentinos son envidiables. Ganaron dos mundiales, tuvieron grandes jugadores, en especial Maradona, equipos que conquistaron muchas Copas Libertadores como Independiente y eso también forma parte de una mentalidad ganadora. Nosotros, los chilenos, siempre quisimos incorporar esa mentalidad argentina para ganar lo que creemos que tenemos que ganar. Porque contamos con buenos jugadores. Pero nos cuesta demasiado. Y hasta ahora no pudimos”.
 
 En ese partido disputado en el estadio Metropolitano de Barranquilla el 1º de septiembre del 96, tampoco pudieron: Colombia, con el Pibe Valderrama como bandera, el Patrón Bermúdez barriendo el fondo y Mondragón en el arco, goleó 4-1 a ese Chile de Zamorano y Marcelo Salas que dirigía el uruguayo Nelson Acosta.  

 
 
 
Tenía que ganar Argentina. Porque tenía pegado en el pecho y en la frente el cartelito de banca. Porque desde 1993 que la Copa América se le convirtió en un inconquistable objeto del deseo. Y porque el plantel que salió subcampeón del mundo en Brasil 2014 sentía que no le quedaba otra alternativa que coronarse en Chile para aliviar la pena interminable de aquella derrota en el Maracaná por 1-0 ante Alemania, que todavía está presente. 
 
“Esta generación de jugadores no puede irse del fútbol sin salir campeón con la camiseta argentina”. Las palabras son de Gerardo Martino. Las pronunció antes y durante la Copa América. Y cualquier jugador del plantel las tomó como propias. Porque ese era el sentimiento. Casi como un ritual que pretendía anticipar la victoria reclamada. Para apagar aquellas heridas del Maracaná del domingo 13 de julio de 2014. Y para sacarse un terrible peso de encima que lo llevó a Mascherano en los minutos previos al 1-0 a Bélgica (gol de Higuaín) por cuartos de final a arengar a sus compañeros con una frase que quizás defina la exigencia de clasificar como semifinalista, después de 5 mundiales de que Argentina se quedara afuera de esa instancia: “Estoy cansado de comer mierda”.
 
En definitiva, por distintas razones y contextos, tenían que ganar los dos: Chile y Argentina. Y ganó Chile en definición por penales, después de 120 minutos menos vibrantes y atractivos de lo que indicaban los papeles previos. Porque no hizo demasiado Chile. Y no hizo demasiado Argentina. La diferencia fueron la quiniela de los penales determinantes que le terminaron dando a Chile la primera consagración importante de su historia.
 
A esta altura la pregunta se confecciona sola: ¿decepcionó la Selección que conduce Gerardo Martino? Después del festivo 6-1 a Paraguay, las expectativas circulaban en direcciones muy triunfalistas. El candidato era Argentina. Por sus figuras de mitad de campo en adelante. Por cierta marcha ascendente que venía expresando el equipo. Y por la presencia del mejor jugador del mundo que otra vez en una instancia decisiva, faltó a la cita, cuando parecían existir señales previas para esperar muchísimo más.
 
La mención a Messi es insoslayable. Hizo poco y nada. Salvo la jugada que sobre el cierre del segundo tiempo encaró y  ganó, alargó a la izquierda para que Lavezzi la cruzara al segundo palo a la arremetida frustrada de Higuaín, desperdiciando la situación de gol más clara del partido. A propósito: ¿por qué Martino sacó al Kun Agüero para reemplazarlo por Higuaín, quien por otra parte también tiró un penal 2 metros arriba del travesaño?
 
Esa ausencia, pasividad  o tibieza de Messi para participar de lo que podría estar en condiciones de gestar la Selección, le restó al equipo la capacidad del desequilibrio ofensivo. Porque casi ni influyó Messi en el desarrollo. Es cierto, lo asfixió la presión rival, le quitaron los espacios para recibir, fue víctima de infracciones cortándolo en el arranque, pero él se entregó casi sin rebelarse a esa suma de factores que lo condicionaron por completo.
 
Por supuesto que no es la primera vez que le ocurre algo similar vistiendo la camiseta de la Selección. El caso más reciente y más relevante fue en la final frente a Alemania en Brasil 2014. Tampoco apareció en función de su gran jerarquía, más allá de todas las justificaciones y excusas que puedan esgrimirse para licuar su cuota innegable de responsabilidad individual.
 
Es verdad que de Messi no se puede esperar que resuelva todo. Porque nadie resuelve todo. Salvo Maradona en México 86. Pero algo más sustancial tendría que haber ofrecido para cambiar la inercia que lo fue atrapando. Y aislando. Aunque Pastore (Martino lo sacó para poner a Banega en otro cambio desafortunado del entrenador, por encima del penal pésimamente ejecutado por el volante) intentó salir de todos los encierros y de todos los acosos.
 
Pero esta vez, Pastore, no tuvo compañía. Le faltó la posibilidad de la descarga. Con Agüero metido entre los centrales, con Di María haciendo corridas improductivas que lo llevaron al desgarro (ingresó Lavezzi por él) y con Messi ahogado por los adversarios y por su propia falta de iniciativa para encontrar su tiempo y su espacio en la cancha, la fractura futbolística de la Selección quedó en absoluta evidencia.
 
Argentina se bancó el partido del medio hacia atrás. No porque haya salido con la premisa de especular. Pero frente a la presión organizada y el ritmo que normalmente pretende imponer Chile manejando la pelota, no mostró la Selección argumentos de peso para desbalancear esa estructura. No se subordinó a Chile. Pero no le creo severas complejidades ni atacando ni contragolpeando.
 
Y esto instala nuevamente aquella falsa teoría de que la Selección cuenta con un potencia ofensiva y una variedad de recursos irresistible. La realidad volvió a revelar que no es así. Que el gol no abunda. Y que frente a un equipo agresivo para cortar los circuitos de elaboración, Argentina suele ofrecer respuestas colectivas discretas. Porque Mascherano no puede estar atrás, en el medio y adelante. Además no es Franz Beckenbauer o Johan Cruyff que sabían armar todos los rompecabezas. Mascherano es un jugador que otra vez volvió a demostrar su carácter de imprescindible. Pero no se le puede pedir que haga los goles que otros no hacen. O que meta algunas apiladas que otros tampoco hacen.
 
¿Defraudó la Selección en la final? Sí, sin dudas. No funcionó a la altura de lo que se esperaba. Jugó muy por debajo de la ilusión colectiva. Y cayó en el show de los penales. Si hubiera ganado también por penales, el triunfalismo del ambiente hubiera borrado todo. Y el Tata Martino hoy sería Gardel.
 
Lo que salta a la vista es que las cicatrices de la Selección siguen abiertas. Y el duelo continúa.