04 DE JULIO DE 2015 | Hace 665 dias

Messi y su estigma: otra vez hizo poco en una final

El mejor jugador del mundo sólo mostró destellos de su inmensa jerarquía y, como ante Alemania en la definición del Mundial, no pudo hacer la diferencia. Apenas construyó una jugada de riesgo, no pateó al arco en los 120 minutos que duró el partido y dejó sabor a poco.

Por Mariano López Blasco

Lionel Messi. Ese monstruo que desde hace años ostenta el título de mejor futbolista del mundo y, a esta altura, el que lo coloca en el trono de los más grandes de la historia. Ese crack inmenso que hace maravillas en el Barcelona y pareciera más terrenal (más humano, incluso) en la Selección. Ese futbolista colosal que tiene un estigma que lo persigue y lo atormenta: sigue sin poder ganar títulos en el conjunto nacional y otra vez jugó una final en un rendimiento muy lejano a su mejor versión.

El astro rosarino no pesó en el partido. Sufrió con un desarrollo con dominio dividido, con una leve superioridad en favor de Chile, que le impidió a la Argentina encontrar los circuitos de juego que había exhibido hasta ahora y dejó al mago del Barcelona sin socios. "Leo" se las tuvo que arreglar casi siempre solo, muchas veces de espaldas y a 50 metros del arco. El rival lo neutralizó. Lo hizo a partir de un trabajo colectivo que logró llevar el escenario de hostilidades a un lugar donde Messi no pudo hacer la diferencia, muy lejos del arco de su compañero Claudio Bravo. Lo hizo sin resignar su proyecto sobre el arco argentino, amén de que le costó encontrar los espacios para resolver sus ataques. Y fue, a fin de cuentas, uno de sus méritos para la consagración.

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Como sucedió ante Alemania en la definición del Mundial del año pasado, Messi se quedó en efímeros fulgores. La única jugada en la que tuvo real gravitación fue en el minuto 90, cuando se sacó a un rival de encima y construyó la carrera que finalizó con la cesión a Ezequiel Lavezzi, quien tiró un centro largo por abajo que Gonzalo Higuaín no llegó a conectar.

Antes de esa intervención, el atacante del Barcelona había ingresado en una nube de intermitencias. En el primer tiempo amagó con un par de arranques e hizo amonestar rivales, pero todo lo hizo lejos del área rival. Tampoco pudo fabricar una jugada de verdadero riesgo desde el peso individual, como aquel zurdazo cruzado que salió a pocos centímetros del palo aquella tarde en el Maracaná. Esta vez ni siquiera pateó al arco. Recién lo hizo en la definición por penales, cuando provocó el primer y único grito argentino en la tarde noche de Santiago. 

Fue otra final sin luces para Messi, que inevitablemente seguirá atrapado en el estigma y dividiendo pasiones. Un Messi que continuará batiendo récords en Europa y, al mismo tiempo, soportando el peso de su única gran cuenta pendiente. 

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